
Bien pronto comenzó a saber lo que son obligaciones y no deberes, que era aquello que todas las niñas de su edad hacían cada tarde mientras ella ya saboreaba las mieles y las hieles del duro trabajo diario.
Igual que eso, bien pronto aprendió a echar cerrojo a su alma y no dejar pasar a nadie…
Supo ser obediente y acató todo lo que dijeron, también aquello de que el primer amor era para siempre. Y ella lo intentó. Pero cuando decidió darse, sólo recibió vacios, y empezó a preguntarse; qué pasa, qué falla, qué falta. Y gira y gira en un bucle de mentiras que voluntariamente quiere creer por el simple hecho de no fallar, por no querer defraudar, por no querer defraudarse. Pero un día las mentiras le pisaron los talones y no tuvo más remedio que plantarles cara.
Se hundió con las misma obediencia que lo hacía cuando niña, pero ahora la niña había crecido de golpe, había crecido por miedo, por vergüenza, por pudor, por rabia.
Un grito mudo invadió el aire del cielo, la espuma del mar y el rocío de la aurora pero nadie la escuchó, nadie recogió sus lágrimas así que las secó con el puño que cada día contaba como tirar pa`lante y echó la llave, se cerró.
Ahora, su alma triste no deja pasar a nadie, las llaves de su castillo de princesa olvidada se han oxidado. Ahora se ríe de todo y de todos. Ahora disfruta de su cuerpo, de tu cuerpo, del tuyo… y no quiere más.
Sigue siendo la niña obediente que aprendió de “chica” y sigue poniendo su puño sobre la mesa cuando hace falta, pero desde el día que enmudeció el cielo con su entraña, desde el día que secó el mar con su garganta y desde el día que quemó los cerros con su ahogo, desde ese día, la mujer se convirtió en roca y no quiere saber más de nada…



